Estaba bastante a gusto bajo ese sol húmedo de allá, tirado junto a la tienda cuando el soldado  Salgado pasó corriendo con la noticia: “Marchamos hacia el norte, sólo nosotros. Bueno, nosotros y cinco ingleses.” Todos se abalanzaron hacia él, ansiosos de más detalles. Al soldado Fernando Guajardo que tomaba el sol en una hamaca improvisada no pareció importarle, decidió que ya habría tiempo de enterarse.

A los cinco días estaba perfectamente enterado de qué iba aquello, de arrastrar las malditas lanchas Mississippi arriba otra vez, llevando a los cinco pimpollos británicos. Iban a hacer efectiva la rendición de un fuerte y esos oficiales ingleses eran los encargados de hacérselo entender a la guarnición, ochenta hombres que llevaban casi dos años acuartelados allí. Maldita la gracia que le hacía.

Navegaban durante el día empujando los cinco lanchones a contracorriente y acampaban en la orilla al caer la noche. El grupo de exploradores indios se apartaba enseguida, cenando en su propia hoguera. Eran los encargados de vigilar el campamento todas las noches, a cambio no remaban. Fernando no tenía muy claro que eso le acabase de gustar, ni que no remasen ni que hiciesen las guardias de noche. Pero el capitán Salaverría, un veterano serio, parecía saber lo que se hacía. Él y los otros oficiales cenaban siempre con los británicos en una tienda más grande pero por lo demás idéntica a las de la tropa.

Llevaban los suficientes días de viaje como para que la mayoría de los soldados cayesen rendidos en cuanto se vaciaban las cazuelas. Sus compañeros ya dormían cuando Guajardo salió a mear y saludó a Latón, uno de los exploradores indios y el que mejor hablaba español. Eso lo convertía inmediatamente en el preferido de los soldados.

-¿Qué, algún bastardo suelto esta noche?

-Tranquilo, siempre tranquilo. Tú el más ruidoso.

El collar de placas de metal que le daba nombre tintineó con la sonrisa blanca del muchacho. El otro le devolvió la sonrisa mientras se rascaba el pecho desnudo.

-¿Cuánto tardaremos en llegar, Latón?

-Todavía mitad. Si buen tiempo llegamos pronto.

Efectivamente, como había predicho Latón, tardaron otros tantos días en llegar al fuerte. Era un bastión de tierra reforzada con madera de planta poligonal con un foso a su alrededor. La bandera británica ondeaba sobre el tejado de una de las construcciones y un fino hilo de humo ascendía junto a ella. No se veía a nadie en la empalizada. En cuanto hubieron asegurado las lanchas, el capitán les hizo abrir un camino entre la maleza.

Al llegar a las puertas seguía sin verse a nadie, así que el capitán Salaverría llamó a uno de los ingleses. “Pegue unas voces, a ver si salen.” El inglés salió de la fronda, avanzó un par de pasos y empezó a largar en su aparatosa lengua. Tenía buena voz, desde detrás le oían gritar a pleno pulmón, pero se le acabaron las palabras antes de que ninguno de los soldados de la guarnición apareciera sobre la empalizada. El capitán, al que todo aquello le daba raspa, mandó un puñado de soldados con varios indios a rodear el fuerte. Algunos de los que se quedaron allí empezaron a cargar las armas. El capitán mandó silenciar, dentro no se oía nada.

Los del reconocimiento volvieron sin noticias, el fuerte parecía igual de vació desde todos lados. Así que el capitán se decidió por una solución salomónica, la mitad se queda y la mitad va. Dejó a su segundo con dos de los ingleses y unos veinte hombres, el resto para allá que fueron. Al soldado Fernando Guajardo le dijo el capitán de camino al bastión: “Que no le pase nada al señor Burroughs”, y le endosó al más joven de los oficiales británicos.

La puerta estaba atrancada y hubo que hachear un poco. Dentro se desplegaron y curiosearon en los primeros edificios. Todo estaba en su sitio, solo faltaban los soldados. Los británicos no paraban de vocear a sus compatriotas. El soldado Guajardo, temiéndose una encerrona, procuraba colocarse detrás del oficial que le había tocado en suerte. Se dirigían hacia el edificio central, el más grande de todos y de donde salían de vez en cuando bocanadas de humo.

El agraciado con la suerte de entrar el primero fue un canario, bajito como él solo. Seguro que el capitán lo ha elegido por eso, pensó Guajardo. En el interior, un puñado de rostros les devolvió la mirada. No serían más de veinte y desde luego más parecían indios que perros protestantes. Pero ya lo creo que lo eran, o lo habían sido, más bien. Uno de los oficiales británicos que habíamos traído con nosotros se adelantó hecho una furia gritando a aquellos hombres que permanecían sentados en círculo alrededor de una diminuta hoguera. Alguno de ellos le respondió algo, pero la respuesta que todos entendimos fue el balazo que se llevó en la pechera. Menos mal que no ha sido el mío pensó Guajardo. El que había disparado se levantó y se dirigió a los dos casacas rojas que quedaban. La conversación fue tensa y de repente todos los demás se levantaron. Sin dudarlo mucho los españoles pusieron en ristre sus fusiles.

-Dicen que dejan la plaza, que recogen sus cosas y se van. Pero no quieren entregar las armas.

Mira por donde, mi señorito habla cristiano, se dijo Guajardo. Aun así no movió un pelo, no sin la orden del capitán.

-Eso será un problema. Han de rendir el fuerte oficialmente.

El joven oficial británico volvió a cruzar unas palabras con el jefe.

-Dice que os quedéis la bandera,  que eso servirá. Y todos los papeles. Que esas ya no son sus cosas.

Y el capitán Salaverría, sensato él, aceptó de buen grado.

Los españoles ocuparon el fuerte durante tres días, al cuarto cargaron las lanchas con todo lo que quedaba de utilidad allí y partieron río abajo. El capitán Salaverría fue incapaz de convencer a ninguno de sus soldados para dejar una guarnición el bastión recién conquistado.

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